JÓVENES Y POLÍTICA: DEL DESENCANTO A LA PARTICIPACIÓN ACTIVA

¿POR QUÉ MUCHOS JÓVENES SE SIENTEN LEJOS DE LA POLÍTICA Y QUÉ ESTRATEGIAS PUEDEN ACERCARLOS A LA TOMA DE DECISIONES?

Durante décadas, se ha etiquetado a la juventud como una generación apática o "nini" respecto a la política. Sin embargo, lo que se interpretaba como desinterés era, en realidad, un desencanto profundo hacia las formas tradicionales de hacer política. Hoy, esa frustración se ha transformado en un nuevo motor de cambio. En las últimas décadas, se ha vuelto cada vez más común escuchar que las y los jóvenes “no se interesan por la política”.

La baja participación electoral juvenil, el desencanto con los partidos tradicionales y la desconfianza hacia las instituciones parecen confirmar esta idea. Sin embargo, afirmar que la juventud es apática resulta una simplificación que ignora las causas estructurales, culturales y comunicativas que han generado una profunda distancia entre los jóvenes y la política formal. Más que desinterés, lo que existe es una ruptura entre la manera en que se ejerce la política y las expectativas, valores y formas de participación de las nuevas generaciones.


Uno de los principales factores que explica este alejamiento es la crisis de credibilidad de las instituciones políticas. Casos recurrentes de corrupción, promesas incumplidas y decisiones que parecen beneficiar a unos pocos han erosionado la confianza en gobiernos, partidos y representantes. Para muchos jóvenes, la política se percibe como un espacio cerrado, dominado por élites, donde su voz no tiene un impacto real. Esta percepción se agrava cuando, pese a participar —por ejemplo, votando—, no se observan cambios tangibles en temas que les afectan directamente, como el empleo, la educación, la vivienda o el medio ambiente.

Otro elemento clave es la desconexión entre el lenguaje político y la realidad juvenil. La política institucional suele expresarse mediante discursos técnicos, rígidos o excesivamente formales, alejados de los códigos comunicativos que predominan entre las juventudes. En contraste, los jóvenes se informan, opinan y se movilizan a través de redes sociales, contenidos audiovisuales breves y narrativas más horizontales. Cuando la política no logra adaptarse a estos canales y estilos, se vuelve irrelevante o incomprensible para una parte importante de la población joven.


Además, muchos jóvenes no se sienten representados en los espacios de toma de decisiones. La subrepresentación juvenil en cargos públicos refuerza la idea de que la política “no es para ellos”. La falta de referentes jóvenes, diversos y cercanos contribuye a la sensación de exclusión generacional. A ello se suma que la educación cívica, en muchos contextos, ha sido limitada o enfocada únicamente en el voto, sin promover una comprensión más amplia de la participación democrática cotidiana.

Pese a este panorama, existen múltiples estrategias para acercar a las juventudes a la política y a la toma de decisiones. Una de las más importantes es reconocer y valorar las nuevas formas de participación juvenil. Muchos jóvenes sí están involucrados en lo público, pero desde espacios distintos: activismo digital, movimientos feministas, ambientales, culturales o comunitarios. Integrar estas expresiones al diálogo institucional puede fortalecer la democracia y hacerla más inclusiva.


Otra estrategia fundamental es transformar la educación cívica, apostando por enfoques críticos, prácticos y participativos. Más allá de memorizar estructuras del Estado, es necesario enseñar cómo incidir en lo público, cómo organizarse colectivamente y cómo ejercer derechos en la vida cotidiana. Cuando los jóvenes comprenden que la política no se limita a elecciones, sino que atraviesa decisiones diarias, su vínculo con ella se vuelve más significativo.

Asimismo, es indispensable abrir espacios reales de participación juvenil en los procesos de decisión: consejos consultivos, presupuestos participativos, cabildos juveniles o mecanismos digitales de consulta. Estos espacios deben tener impacto efectivo y no ser meramente simbólicos, para evitar reforzar el desencanto. La participación solo genera compromiso cuando se traduce en resultados visibles.

La política necesita renovar sus liderazgos y narrativas. Incluir a jóvenes en puestos de responsabilidad, promover agendas que respondan a sus preocupaciones y comunicar de forma honesta y accesible son pasos clave para reconstruir la confianza. Escuchar a las juventudes no debe ser una estrategia temporal, sino una práctica constante de la vida democrática.


RETOS PARA EL FUTURO

Para que el tránsito del desencanto a la acción sea permanente y constructivo, se requieren cambios estructurales:

1. Educación Cívica Actualizada: No solo enseñar cómo funciona el congreso, sino cómo detectar fake news y cómo gestionar presupuestos participativos.

• Relacionar la política con problemas reales que afectan a las juventudes: transporte, empleo, educación, seguridad, medio ambiente y derechos digitales.

• Incorporar metodologías participativas: debates, simulaciones, proyectos comunitarios y análisis de casos reales.

• Reconocer nuevas formas de participación política, más allá del voto: activismo digital, organización comunitaria, incidencia social y cultural.

• Utilizar un lenguaje claro, incluyente y cercano, que evite tecnicismos innecesarios y fomente el pensamiento crítico.


2. Apertura Institucional: Crear cuotas de juventud o escaños reservados que permitan una renovación generacional real.

• La apertura institucional implica que las instituciones públicas estén dispuestas a escuchar, dialogar y compartir el poder de decisión con la ciudadanía, especialmente con sectores históricamente subrepresentados como las juventudes. No se trata solo de informar o consultar, sino de generar mecanismos reales donde las opiniones, propuestas y demandas juveniles influyan en las políticas públicas. Cuando las instituciones operan de manera cerrada, burocrática o vertical, refuerzan la percepción de que la participación “no sirve” o que las decisiones ya están tomadas de antemano.

Exige entonces adaptarse a nuevos lenguajes, tiempos y espacios, incorporando herramientas digitales, formatos participativos innovadores y canales de comunicación más horizontales. Plataformas de participación en línea, presupuestos participativos juveniles, parlamentos abiertos, cabildos jóvenes o consejos consultivos con incidencia real son ejemplos de cómo las instituciones pueden abrirse a nuevas dinámicas de participación.


3. Digitalización de la Democracia: Implementar mecanismos de consulta ciudadana digital que aprovechen la conectividad juvenil.

• La digitalización de la democracia no se limita al voto electrónico. Implica integrar herramientas digitales en todo el ciclo de la vida pública, como:

o Plataformas de participación ciudadana para proponer ideas, debatir y priorizar problemas.

o Consultas públicas en línea y presupuestos participativos digitales.

o Transparencia y datos abiertos accesibles y comprensibles.

o Uso estratégico de redes sociales para diálogo, no solo propaganda.

o Cuando estas herramientas se diseñan con enfoque juvenil, pueden transformar a los jóvenes de espectadores en actores políticos.

La democracia digital conecta con valores clave de las juventudes:

o Inmediatez: posibilidad de opinar y participar sin largos procesos burocráticos.

o Horizontalidad: menos jerarquías, más diálogo.

o Sentido de impacto: ver cómo una propuesta puede escalar y convertirse en política pública.

o Creatividad y expresión: uso de formatos audiovisuales, memes, podcasts y narrativas propias.

o Movimientos juveniles recientes han demostrado que la participación digital puede detonar cambios reales cuando se articula con acciones colectivas fuera de la red.

En conclusión, la juventud actual no es apolítica; es extra-institucional. El reto no es "atraer" a los jóvenes a la política vieja, sino permitir que ellos rediseñen la política para los tiempos que vienen. El desencanto fue el síntoma de un sistema agotado, y la participación activa es la medicina que busca revitalizar la democracia.

La distancia entre los jóvenes y la política no es producto de apatía, sino de una desconexión profunda entre las instituciones y las nuevas generaciones. Acercarlos a la toma de decisiones implica transformar la forma de hacer política: hacerla más transparente, participativa, representativa y cercana. Solo así será posible construir una democracia viva, capaz de incorporar la energía, creatividad y compromiso de las juventudes como protagonistas del presente y del futuro.